Va De Brujas

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domingo, 19 de enero de 2014

Cuentos Increíbles, hadas, leyendas urbanas


 El hada de los deseos 

Kate era un joven muy simpática y  de un corazón bondadoso.  Todo los días recorría la ciudad con su varita en mano en busca de algún niño o niña al cual pudiera hacer feliz.
Katherine, como ya habrás imaginado, no era una joven común y corriente: Kate era una hada, un hada de la felicidad.

Día tras día,  al caer la noche, la joven hada tenia que ir a la reunión de las hadas de la felicidad, en dicha reunión todas sus compañeras contaban aventuras y experiencias respecto a lo que les había ocurrido en el día y a los niños que les habían cumplido deseos.

Nuestra pequeña amiga, se iba todas las noches muy triste, porque nunca podía contarles nada, ya que en nunca había conocido a
alguien que la necesitara realmente. Siempre encontraba niños que pedían  dinero o juguetes nuevos y costosos. A pesar de que Kate les cumplía los deseos no dejaba de sentirse triste porque los niños pedían cosas materiales.

Tras mucho pensarlo, Kate encontró una posible solución, y es que nunca había ido a buscar más allá de la ciudad, en la cual la mayoría de los niños tenían todo lo que sus padres les podían comprar y eso los hacia felices, aparentemente.

La mañana siguiente, con una energía renovada gracias a su descubrimiento, decidió que ese día iría al pueblo llamado Tecpan a probar suerte.  Tras unas horas de vuelo por fin llego al pueblo. No tardó mucho en encontrar a unos pequeños niños que jugaban con el lodo.  Kate se acercó a ellos y le dijo:

-       Hola, me llamo Kate, soy un hada de la felicidad y vengo a concederles un deseo. ¿Cómo se llaman?
-       Yo soy Julia – Respondió la niña
-       Yo me llamo Jerry – Contestó el.
-       Bueno,  ¿ y qué les gustaría que les concediera?

Tras unos minutos de pensarlo y discutirlos los dos dijeron al mismo tiempo:
- Desearíamos que estos pasteles de lodo que estamos haciendo se convirtieran en reales, para darles un poco a todos nuestros amigos.

Kate se sorprendió mucho, ya que por primera vez en su vida había escuchado un deseo sin pretensiones y lleno de bondad, nunca había pensado que algún día escucharía un deseo para nada ambicioso  y con lagrimas de felicidad en los ojos movió su varita y convirtió los pasteles de lodo en ricos pasteles de chocolate.

Ese día varias personas fueron felices, en primer lugar todos los niños que comieron de los deliciosos pasteles y también Kate, quien por fin tuvo algo digno de contar en la reunión de esa noche  y aprendió que, los mejores deseos son aquellos en los que beneficias a las demás personas también...



El Corazón Perdido 


Yendo una tardecita de paseo por las calles de la ciudad, vi en el suelo un objeto rojo; me bajé: era un sangriento y vivo corazón que recogí cuidadosamente. «Debe de habérsele perdido a alguna mujer», pensé al observar la blancura y delicadeza de la tierna víscera, que, al contacto de mis dedos, palpitaba como si estuviese dentro del pecho de su dueño. Lo envolví con esmero dentro de un blanco paño, lo abrigué, lo escondí bajo mi ropa, y me dediqué a averiguar quién era la mujer que había perdido el corazón en la calle. Para indagar mejor, adquirí unos maravillosos anteojos que permitían ver, al través del corpiño, de la ropa interior, de la carne y de las costillas -como por esos relicarios que son el busto de una santa y tienen en el pecho una ventanita de cristal-, el lugar que ocupa el corazón.
Apenas me hube calado mis anteojos mágicos, miré ansiosamente a la primera mujer que pasaba, y ¡oh asombro!, la mujer no tenía corazón. Ella debía de ser, sin duda, la propietaria de mi hallazgo. Lo raro fue que, al decirle yo cómo había encontrado su corazón y lo conservaba a sus órdenes de si gustaba recogerlo, la mujer, indignada, juró y perjuró que no había perdido cosa alguna; que su corazón estaba donde solía y que lo sentía perfectamente pulsar, recibir y expeler la sangre. En vista de la terquedad de la mujer, la dejé y me volví hacia otra, joven, linda, seductora, alegre. ¡Dios santo! En su blanco pecho vi la misma oquedad, el mismo agujero rosado, sin nada allá dentro, nada, nada. ¡Tampoco ésta tenía corazón! Y cuando le ofrecí respetuosamente el que yo llevaba guardadito, menos aún lo quiso admitir, alegando que era ofenderla de un modo grave suponer que, o le faltaba el corazón, o era tan descuidada que había podido perderlo así en la vía pública sin que lo advirtiese.

Y pasaron centenares de mujeres, viejas y mozas, lindas y feas, morenas y pelirrubias, melancólicas y vivarachas; y a todas les eché los anteojos, y en todas noté que del corazón sólo tenían el sitio, pero que el órgano, o no había existido nunca, o se había perdido tiempo atrás. Y todas, todas sin excepción alguna, al querer yo devolverles el corazón de que carecían, negábanse a aceptarlo, ya porque creían tenerlo, ya porque sin él se encontraban divinamente, ya porque se juzgaban injuriadas por la oferta, ya porque no se atrevían a arrostrar el peligro de poseer un corazón. Iba desesperando de restituir a un pecho de mujer el pobre corazón abandonado, cuando, por casualidad, con ayuda de mis prodigiosos lentes, acerté a ver que pasaba por la calle una niña pálida, y en su pecho, ¡por fin!, distinguí un corazón, un verdadero corazón de carne, que saltaba, latía y sentía. No sé por qué -pues reconozco que era un absurdo brindar corazón a quien lo tenía tan vivo y tan despierto- se me ocurrió hacer la prueba de presentarle el que habían desechado todas, y he aquí que la niña, en vez de rechazarme como las demás, abrió el seno y recibió el corazón que yo, en mi fatiga, iba a dejar otra vez caído sobre los guijarros.
Enriquecida con dos corazones, la niña pálida se puso mucho más pálida aún: las emociones, por insignificantes que fuesen, la estremecían hasta la médula; los afectos vibraban en ella con cruel intensidad; la amistad, la compasión, la tristeza, la alegría, el amor, los celos, todo era en ella profundo y terrible; y la muy necia, en vez de resolverse a suprimir uno de sus dos corazones, o los dos a un tiempo, diríase que se complacía en vivir doble vida espiritual, queriendo, gozando y sufriendo por duplicado, sumando impresiones de esas que bastan para extinguir la vida. La criatura era como vela encendida por los dos cabos, que se consume en breves instantes. Y, en efecto, se consumió. Tendida en su lecho de muerte, lívida y tan demacrada y delgada que parecía un pajarillo, vinieron los médicos y aseguraron que lo que la arrebataba de este mundo era la rotura de un aneurisma. Ninguno (¡son tan torpes!) supo adivinar la verdad: ninguno comprendió que la niña se había muerto por cometer la imprudencia de dar asilo en su pecho a un corazón perdido en la calle.


                                                                                                                                   Emilia Pardo Bazán




LA BUFANDA ROJA





"Freiz Navad"

"Freiz Navad". Eso es lo que oí cuando abrí nuestra puerta trasera aquella mañana de Navidad.
.
Un muy joven David L. Eppele estaba deslumbrado por la luz navideña, el árbol y los regalos. Yo estaba justamente en las que probablemente serían las mejores navidades que un 7 añero posiblemente podría tener.  
Sabes, había una caja completamente llena de Caramelos caseros de la Tía Ellen, dos cajas de Manzanas (ésas que son buenas de Farmington), un cajón de naranjas con el sello oficial de la ciudad de Pasadena, y un saco de 50 libras de piñones para mascar mientras yo jugaba con mi TREN ELECTRICO nuevo.
Despues estaban los Caramelos de Navidad. Yo estaba tan ocupado que no me di cuenta de que estaba zampándome dos barras de caramelo al mismo tiempo!
Esta fue la mañana de todas las mañanas. ¡Era Navidad!
La cocina de leña estaba atareada emitiendo aromas que gritaban: "¡El pavo y la guarnición serán servidos a la hora!"
Ornamentos genuinos de cristal soplados a mano procedentes de Alemania brillaban suavemente en las ramas del arbol de Navidad, y el aroma de los piñones tostados junto con el pavo era una completa sinfonía para los sentidos de este joven hombre. 




MIENTRAS PAPA NOEL NO ESTABA
Todos sabemos que Papá Noel vive en el Polo Norte y también sabemos que es muy famoso y querido en todo el planeta tierra.
Lo que pocos saben es que en el Polo Sur, justo en el otro extremo del planeta, habita un brujo llamado Celosías quien, no sólo no cree en la Navidad, sino que siente mucha envidia por el amor que todo el mundo siente por Papá Noel.

Este brujo celoso es muy, pero muy flaco. De todos modos, esa no es la única diferencia que tiene con Papá Noel, la mayor diferencia está en su alma y en su corazón pues no tiene buenos sentimientos. También trabaja acompañado, en este caso por otros dos brujitos jóvenes que lo único que hacen es darle la razón y asentir cuanta cosa dice Celosías.

Todos los años para Navidad, ocurre lo mismo: en el Polo Norte todo es alegría y preparativos, mientras que en el Polo Sur todo es celos y envidia.
– ¡No puede ser, ya estoy cansado de esta situación! El mundo entero no hace más que hablar de Papá Noel. Que me traiga esto, que le pido lo otro. ¿Los chicos no tienen nada más entretenido en sus vidas que hacer cartitas pidiendo cosas?
– Eso, ¿no tienen nada más entretenido que hacer? repitió uno de los brujitos.
– ¿Que hacer cartitas pidiendo cosas? agregó el otro brujito.
– ¡No aguanto más, esto se termina aquí! No me gusta que a él lo quiera todo el mundo y a mi nadie. ¡Traiganme a Papá Noel como sea, este año no habrá regalo para nadie y a ningún niño le quedarán ganas de volver a escribir cartitas! Grito furioso el brujo envidioso.
Los dos brujitos se miraron entre sí, preguntándose cómo harían para traer a Papá Noel desde la otra punta del mundo.

Como si adivinara sus pensamientos, Celosías trajo un cohete hecho con sus propias manos que nada tenía de lindo, pero alcanzaba una gran velocidad. Los brujitos no estaban muy convencidos de meterse allí dentro y pilotearlo, pero sólo sabían obedecer y repetir.

Partieron hacia el Polo Norte y, como el cohete era realmente muy veloz llegaron antes de lo previsto. Lo que vieron los maravilló. Todo era alegría en el taller de papá Noel, duendes que iban y venían cargados de juguetes, todos sonrientes y cantando. Era evidente que los hacía feliz hacer ese trabajo.

Ni que hablar de Papá Noel, su sonrisa era casi más grande que su pancita, lo cual es mucho decir. Sus ojos eran buenos y transparentes casi. Lo que más les llamó la atención a los brujitos fue que nadie daba órdenes, todo se pedía por favor, algo a lo que ellos no estaban acostumbrados.

A través de un engaño y valiéndose de la bondad de Papá Noel que creyó en sus mentiras, lograron (con mucho esfuerzo por cierto), meterlo en el cohete y llevarlo al Polo Sur. Un duendecito que vio lo que había ocurrido desde una de las terrazas del taller, contó a todos los demás lo que había pasado.
– ¿Qué haremos ahora sin Papá Noel? ¿Qué pasará con los niños que esperan sus regalitos? ¿Es que este año la Navidad tendrá que ser diferente? Se lamentaba uno de los duendes más viejitos.
– ¿Dónde lo habrán llevado? Preguntaba la mayoría ¿Estará bien?
– ¿Nos tendremos que jubilar después de esto? Sollozaban los renos que temían no volver a hacer ningún viaje.
– ¡Calma señores calma! Intervino Chispazo, un duende joven y con mucha energía. Todo es cuestión de organización, nos dividiremos: unos buscarán a Papá Noel y lo traerán de vuelva y otros nos encargaremos de su trabajo.
– ¿Hacer de Papá Noel? No me atrevería, además me faltan unos cuantos kilos. Dijo un duende tímido, flaco y preocupado.
– Nadie reemplazará a Papá Noel, sólo haremos su trabajo para que ningún niño quede sin regalo.
Chispazo tomó las riendas del asunto y organizó a algunos duendes para que fueran en trineos suplentes a buscar por todo el mundo a Papá Noel. Por otro lado, se encargó que todos los duendecitos que quedaban terminaran los juguetes para ser entregados a tiempo.

A pesar de la preocupación por Papá Noel, los duendecitos trabajaban más que de costumbre para llegar a tiempo.  No sólo no querían que algún niño sufriera una desilusión, sino que además, no querían defraudar a su gran amigo.

Como no tenía mucha experiencia decidió que dos duendecitos lo acompañasen en el viaje para repartir más rápido los regalos. Los renos no estaban muy confiados que digamos, pero no les quedaba opción. Todos estaban dispuestos a que la Navidad no sufriera cambios y que todos los niños estuvieran contentos.

Mientras tanto, en el Polo Sur, el cohete aterrizaba con Papá Noel un poco mareado y sin entender qué pasaba realmente.
– ¿Con qué, así es cómo eres no más?, preguntó Celosías.
– ¿Así cómo?, repreguntó Papá Noel.
– Gordo, viejo y aún así todo el mundo te ama. No hay niño que no te quiera y grande también.
Por más que Papá Noel trató, fue imposible hacerle entender al brujo flaco y celoso que el amor y el confiar en alguien nada tienen que ver con su edad o sus kilos. Que el amor nace y vive en el corazón de la gente y que la Navidad tiene que ver con eso.
– Pues te informo, que este año no habrá Navidad, ni regalos para nadie. Estoy cansando de tanta carta, tanto villancico, tanta ilusión ¡Se terminó!
– No entiendo, preguntó muy triste Papá Noel ¿qué ganarías con eso?
– Que ya no te quieran, como nadie me quiere a mi.
– Que ya no lo quieran, repitió un brujito.
– Como nadie lo quiere a él, repitió el otro.
– No lo vas a lograr, aunque yo no reparta los regalos este año, la Navidad seguirá existiendo siempre y con ella la ilusión, el amor y la esperanza.
– Ya veremos, ya veremos. Contestó Celosías.
– Ya verán, ya verán, repitieron los brujos a coro.
Papá Noel quedó pensativo, muy triste por un lado por la actitud del brujo, pero confiado por el otro en que sus duendes amigos, no dejarían a ningún niño sin su ilusión cumplida.

Llegó el día de Navidad, los trineos de rescate no habían vuelto, Chispazo debía actuar. Como pudo se calzó un traje que había de repuesto y aunque le quedaba por demás grande, lo lució muy orgulloso. Subió al trineo junto con los dos duendecitos más rápidos del lugar elegidos para ayudarlo en la tarea y partieron. Hay que decir que los renos podían volar más rápido porque el peso era mucho menor, con lo cual el viaje no tuvo inconvenientes, todos y cada uno de los regalos fueron repartidos y todos y cada unos de los sueños cumplidos.

Por otro lado, y justo el día de Navidad los trineos de rescate divisaron a Papá Noel quien rezaba para todo saliera bien a pesar de su ausencia.

No bien vio al trineo y a sus duendecitos moviendo las manos, quiso gritar de alegría, pero al darse cuenta que Celosías dormía la siesta, dejó el festejo para otro momento. Subió al trineo y regresó al Polo Norte.

Cuando aterrizaron en casa, la noche de Navidad ya había pasado, apenas piso la nieve blanca de sus tierras, Papá Noel vio cómo su trineo descendía con un Chispazo muy cansado y dos duendes agotados.

La felicidad fue casi tan grande como los gritos de Celosías cuando se dio cuenta que Papá Noel se había ido.
– Todo está en orden, ningún niño se quedó sin regalo. Dijo Chispazo muy orgulloso.
Papá Noel lo abrazó tan pero tan fuerte que casi lo deja finito como un papelito.
– Yo sabía, yo confiaba en que mi gente jamás defraudaría a los niños, no tengo palabras para agradecerles lo que han hecho. Dijo muy emocionado. No sólo han hecho un trabajo perfecto, sino que se preocuparon por rescatarme y traerme a casa de nuevo.
De eso se trata el amor, de hacer cosas por el otro, sea rescatarlo de algún lado, entregar un regalo, mantener una ilusión, hacer posible un sueño o lo que sea. Cuando hay amor, todo es posible, desde cruzar de un polo a otro, hasta manejar un trineo por primera vez, con ropa que nos cuelga y renos por demás asustados.

Por mucho tiempo, en el otro extremo del planeta se siguieron escuchando los gritos de alguien que no entendía nada de amor, ni de Navidades y de hacer algo por el otro.
– ¡No pude con él, no pude lograr que dejen de quererlo! Gritaba furioso el brujito flaco y envidioso.
   Por primera vez, los dos brujitos repetidores cambiaban un poco su discurso:
– No pudo con él y jamás podrá. Dijo uno
– Mientras haya amor, esperanza, ilusión en este mundo nadie dejará de amarlo y de creer en Papá Noel, dijo el otro..
 "Freiz Navad".



EN LA VISPERA DE NAVIDAD
Clement Clarke Moore - Traducción: Orly Borges
Era la víspera de Navidad, y todo en la casa era paz. No se oía ni un ruidito, ni siquiera chillar a un ratón.
Junto al fuego colgaban los calcetines vacíos, seguros que pronto vendría Santa Claus. Sobre la cama, acurrucaditos y bien abrigados, los niños dormían, mientras dulces y bombones danzaban alegres en sus cabecitas. Y mamá con pañoleta, y yo con gorro de dormir, nos disponíamos para un largo sueño invernal.

De pronto en el prado surgió un alboroto, salté de la cama y fui a ver qué pasaba. Volé como un rayo hasta la ventana, abrí las persianas y tiré del postigo. La luna sobre la nieve recién caída le daba a los objetos brillo de mediodía. Cuando para mi asombro vi pasar a lo lejos, un diminuto trineo y ocho pequeños renos.

Conducía un viejecito, vivaracho y veloz, Y supe en seguida que debía ser Santa Claus. Más rápido que las águilas, sus corceles volaban. Y silbaba y gritaba y a sus renos ¡por su nombre llamaba!
– ¡Vamos Destello! ¡Vamos Danzarín! ¡Vamos Cabriolero y Brujo! ¡Corre Cometa! ¡Corre Cupido! ¡Corran Trueno y Chispa! ¡A la cima del techo! ¡A la cima del muro! ¡Vamos apúrense! ¡Apúrense! ¡Apúrense todos!

Como las hojas que vuelan antes de un fuerte huracán, que cuando se topan con un obstáculo remontan al cielo, así volaron los corceles hasta posarse en la casa, Con el trineo lleno de juguetes y Santa Claus también. En un parpadear, sobre el techo escuché los pequeños cascos de los renos patear y al volver la cabeza, entre cenizas y troncos, por la chimenea de golpe cayó Santa Claus.

Abrigado con pieles, de la cabeza los pies, Santa Claus se encontraba todo sucio de hollín. Llevaba en sus espaldas un saco de juguetes y parecía un buhonero abriendo su paquete. ¡Cómo brillaban sus ojos! ¡Qué felices sus hoyuelos! Sus mejillas como rosas, ¡su nariz como cereza! Su graciosa boca con una mueca sonriente y la barba de su mentón tan blanca como la nieve.

Sujetaba firme entre los dientes la boquilla de una pipa y el humo rodeaba su cabeza a modo de guirnalda. Tenía una cara amplia y su panza redonda. Temblaba al reirse ¡como un pote de gelatina! Era gordinflón y rollizo, como un duende gracioso y apenas lo ví ¡me eché a reír sin querer! Al ver su modo de parpadear y mover la cabeza, pronto me di cuenta que no había nada que temer.

No dijo una palabra y volvió a su trabajo, Llenó bien los calcetines, luego su cuerpo sacudió. Y colocando su dedo a un costado de la nariz e inclinando la cabeza ¡por la chimenea salió! Saltó a su trineo y a sus ayudantes silbó y arrancaron volando como la pelusa de un cardo. Pero llegué a escucharle mientras desaparecía:

– ¡A todos Feliz Navidad y que pasen un buen día!
LA LEYENDA DE LA ARAÑA DE NAVIDAD
Orly Borges
La Araña de Navidad es una leyenda alemana que se originó ya hace mucho tiempo. Hoy en día precisamente son muchos los alemanes que colocan en su árbol de Navidad una araña brillante.





Era el día en el que nacía Jesús, el día de la Navidad. Ella limpiaba y limpiaba para que no pudiera ser encontrada ni una sola mota de polvo. Incluso limpió esos rincones en donde en muchas ocasiones al hacer mucho tiempo que no se limpia suelen aparecer minúsculas telas de araña. Las pequeñas arañas, viendo sus telas destruidas, huyeron y subieron a algún rincón del ático.

Por fin llegó la víspera del Día de Navidad.

En esa casa colocaron y decoraron con mucho orgullo y alegría el árbol, y la madre se quedó junto a la chimenea, esperando que sus hijos bajaran de sus habitaciones. Sin embargo, las arañas, que habían sido desterradas tras la ardua limpieza de la madre, estaban desesperadas porque no iban a poder estar presentes en la mañana de Navidad. La araña más vieja y sabia sugirió que podían ver la escena a través de una pequeña rendija en el vestíbulo.

Silenciosamente, salieron del ático, bajaron las escaleras y se escondieron en la pequeña grieta que había en el vestíbulo. De repente la puerta se abrió y las arañas asustadas corrieron por toda la habitación. Se escondieron en el árbol de Navidad y se arrastraron de rama en rama, subiendo y bajando, buscando esconderse en las decoraciones más bonitas.

Cuando Santa Claus bajó por la chimenea aquella noche y se acercó al árbol, se dio cuenta con espanto que estaba lleno de arañas. Santa Claus sintió lástima de las pequeñas arañas, porque son criaturas de Dios, sin embargo pensó que la dueña de la casa no pensaría lo mismo que él.

De inmediato, con un toque de magia, golpeó un poco el árbol y convirtió a las arañas en largas tiras brillantes y luminosas.

Desde entonces, en Alemania, todos los años, los abuelos les cuentan a sus nietos la leyenda de las Arañas de Navidad, y colocan con ellos las guirnaldas brillantes de colores en el árbol.

Y cuenta la tradición que siempre hay que incluir una araña en medio de cada decoración.

EL SECRETO DE SANTA
Alberto Martínez

En Nochebuena un niño miró fijamente a Santa y le dijo: "Quiero saber tu secreto". Le susurró al oído: "¿Cómo lo haces, año tras año?".



"Quiero saber cómo, mientras viajas dejando regalos aquí y allá, nunca se terminan. ¿Cómo es, querido Santa, que en tu saco de regalos hay suficiente para todas las niñas y niños del mundo? Siempre está lleno, nunca se vacía mientras vas de chimenea en chimenea, a casas grandes y pequeñas de país en país, visitándolos todos.

Santa se sonrió y le contestó, "No me hagas preguntas difíciles. ¿No quieres un juguete?

Pero el niño dijo que no y Santa pudo ver que él esperaba una respuesta. "Ahora escúchame," le dijo al niño, "Mi secreto te hará más triste y más sabio".

"Lo cierto es que mi saco es mágico. Dentro de él hay millones de juguetes para mi viaje en Nochebuena. Pero a pesar de que visito a cada niña y a cada niño no siempre dejo juguetes. En algunos hogares no tienen comida, en otros hay tristeza, en algunos hogares están desesperados, y otros son malos. Algunos son hogares rotos, donde los niños sufren. Esos hogares visito, pero ¿qué puedo dejar?".

"Mi trineo está lleno de cosas alegres, Pero para los hogares donde habita la tristeza, los juguetes no son suficiente. Así que en silencio me acerco, y beso a cada niña y a cada niño, y rezo con ellos para que reciban la alegría del espíritu de la Navidad, el espíritu que vive en el corazón del niño que no recibe, pero que da".

"Si Dios escucha y contesta mi oración, cuando regrese el próximo año, lo que encontraré serán hogares llenos de paz, y amor. Y niños y niñas llenos de la luz infinita. Es un trabajo difícil, mi querido amiguito, dejar regalos para algunos y orar por otros. Pero las oraciones son los mejores regalos porque Dios tiene el don de satisfacer todas las necesidades".

"Esa es parte de la contestación. El resto es que mi saco es mágico. Y esa es la verdad. Mi saco está cargado de amor. En mi saco nunca falta el amor y la alegría... porque dentro hay oraciones y esperanzas. No sólo juguetes. Mientras más doy, más se llena... porque dando es como realizo mis sueños".

"¿Y quieres saber algo? Tú también tienes tu propio saco. Contiene tanta magia como el mío, y está dentro de ti. Nunca se vacía, está llenito desde el principio de tu vida. Es el centro de la luz y el amor. Es tu corazón. Y si en ésta Navidad quieres ayudarme, no te preocupes tanto por los regalos debajo de tu árbol. Abre ese saco que es tu corazoncito, y comparte tu alegría, tu amistad, tu dinero, tu amor".

"Gracias por el secreto. Me tengo que ir".

"Espera niño", dijo Santa, "no te vayas. ¿Compartirás lo que tienes? ¿Ayudarás? ¿Te servirá lo que has aprendido?"
Y por un momento el niño se detuvo, tocó su corazón y simplemente dijo: "Sí". 



     

1.La Casa de los espejos


3 Leyendas Urbanas cortas.


En Cádiz (España) en la parte antigua de la cuidad, cerca de la Alameda,frente al monumento del marqués de Comillas junto al mar se sitúa una antigua casa abandonada de la cual cuentan ser una casa encantada. En la casa de los espejos vivió un capitán de barco con su esposa y su hija; la hija le pedía a su padre que cada vez que volviese de algún viaje este le trajese un espejo.La hija fue creciendo y se convirtió en una bella joven, además era una hija ejemplar, ante tanta grandiosidad el padre solo tenía ojos para ella. Pasaron y pasaron los años y su padre seguía regalandole espejos llegando a tener una gran colección compuesta por espejos de muchos lugares del mundo. La madre ante estos caprichos y la poca atención que recibía por parte de su marido discutía día a día con su hija cuando este se encontraba de viaje, era tan grande la envidia que en uno de los viajes envenenó a su hija para así obtener la absoluta atención de su marido.
Al llegar el padre, su esposa le dijo que su hija había padecido una grave enfermedad y había muerto. El padre enloquecido no podía creer que su ojito derecho había muerto y arremetía contra todo, cuando entonces vio reflejado en los espejos la muerte de su hija y el envenenamiento por parte de su madre. Al saber lo que realmente ocurrió logró que su esposa confesara, fue encarcelada muriendo al tiempo; el esposo se marchó de la casa para no volver jamás. La casa desde ese momento hasta día de hoy continua inhabitada. Al entrar en esa casa un escalofrío te recorre el cuerpo y aveces se pueden escuchar llantos de una niña que fluyen desde el piso de arriba, donde se encontraba la habitación de la niña, la cual aun posee sus paredes cubiertas por espejos intactos que aveces dejan de reflejar tu reflejo. Varias personas que han estado al interior de esa casa y en la habitación de la niña a sensacion es realmente inquietante. 


 

Publicado por Manu en 12:23
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Etiquetas: Cuentos

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